En realidad, el título completo de este libro en castellano es La heladería de Vivien y sus recetas para corazones solitarios, pero siendo que el título original era Vivien’s Heavenly Ice Cream Shop, para mí va a ser La heladería de Vivien y punto, que si no es muy largo de citar y menos moñas. La autora es Abby Clements.
Este librito llegó a mis manos gracias a @Idranil, que muy amablemente me lo prestó hace cuatro visitas (creo). Lo leí a finales de Julio si no recuerdo mal, y es un cambio respecto a La Guía del Autoestopista Galáctico (saga que de momento he pausado por atasco y he devuelto a su dueño, si me da por ahí ya me buscaré los dos últimos en algún momento futuro).
Es una lectura ligera, una novelilla ¿romántico-gastronómica? bastante previsible pero entretenida, en la que pasa algo curioso aunque sospecho que no del todo original en el género:
Hay dos protagonistas (hermanas) cada una con la vida por su lado y si al principio la vida de una va cuesta abajo y la de la otra cuesta arriba, a medio libro los papeles se invierten para finalmente quedarse las dos bien, al menos en el epílogo.
Vale, visto así es un poco raro, así que pasemos a la …
Estas dos hermanas (Imogen la Hippy surfera y Anna la pánfila) tienen una abuelita que la espicha al principio del libro dejándoles en herencia su local-heladería del paseo marítimo. ALA! el drama a lo Disney está servido, sin anestesia.
Poco a poco te enteras un poco de cómo están las cosas: Imogen vive en un paraíso tropical con su noviete y Anna con su novio-con-hijo-de-la-ex (vaya lío…). Las dos se juntan en Inglaterra por la muerte de la yaya y se embarcan en la ardua tarea de reflotar la heladería (un negocio hundido por una señora marrana y jetas – no, no hablo de la abuela, sino de su empleada) y ello les hace darse cuenta de cosas. Por ejemplo, a Imogen le han salido cuernos porque su novio tropical se ha aburrido de esperar a que vuelva y Anna se da cuenta de que no estaba tan chachi con su noviete.
Los dramas respectivos se acentúan poco a poco hasta que explotan como culebrón, y luego las cosas se arreglan poco a poco, cada una reconduciendo su vida, y encontrando otras personas con las que congenian más.
También por medio tenemos el drama familiar de la «cuñá» petarda del padre de las protagonistas que quiere agenciarse la heladería, la depresión del padre, la tía guarripedorra que va soltando críticas absurdas por internet, y peripecias varias, incluído un curso de heladería al que se va Anna en Italia.
Sin embargo, la heladería de Vivien sólo es la excusa que pone a los personajes en movimiento y los helados en sí son mero decorado. Aunque se habla de recetas y de alguna que otra cosa relacionada de refilón, este libro habría ganado mucho si se tomara el tema de los helados más en serio y les buscara profundidad. Tampoco digo que escriba un monográfico la señora Abby, pero se agradecería que las descripciones fueran más descriptivas (me dio la sensación de que eran demasiado simplonas) y sobre todo sobre todo… que los personajes tuvieran algún dedo más de frente y no fueran tan tontos, que en algunas escenas era para darles con la heladera en la cabeza.
Conclusión: Aún con eso, el libro está entretenido y engancha. Hay dramas, sí, pero como se van solucionando en algún punto te anima a seguir leyendo para ver cuál es la próxima de la que salen, que tienen unas cuantas. Una lectura ligerita para el verano (o fin de él).
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