Hubo una vez un día del pasado Septiembre, que no podíamos ir a comprar, o había poco y al final no fuimos, y encargué una bolsita de albahaca a mis padres para usarla en pizza y en alguna cosa más.
En lugar de ello, aparecieron con una planta de albahaca, ya que no había bolsas y de todos modos salía más económico:

Así es como llegó la primera planta a mi casa.
Poco después, tras traspasarla a un tiesto y ponerle tierra fresca, la Albahaca que yo había denominado «Pachucha» (porque estaba un poquillo fofa, la verdad, hasta después de unos días no empezaba a estar bien) empezó a crecer a lo bestia.
Temimos con que amenazara con dar un golpe de estado y hacerse con el control del salón, o que se nos comiera por la noche.
Pero poco a poco durante el invierno empezó a perder hojas y ya no salían tan verdes como antes. Y las que salían eran cada vez más pequeñicas. La pobre Pachucha debía estar muy confusa, porque en principio estas plantas tenía entendido que florecían y morían a finales de verano. Ésta se había mantenido en pie todo el invierno, hecha una anciana.
A principios de primavera, aún volvió a brotar un poco y algún ramillete de hojas hemos aprovechado para secar y utilizar.
Hasta que hace un par de días la temible florecilla quíntuple apareció…

Al final, a todo cerdo le llega su San Martín, y a toda plantica de temporada le toca echar flores (y con suerte) unas semillas para intentar sembrar en la próxima maceta.
Seguiremos informando de la suerte de Pachucha, que viniendo de ella no me extrañaría que sobreviviera a esta fase y se convirtiera en una planta de albahaca zombie o algo así.
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